"Thomas Brown
es el actor más codiciado del momento. Tiene todo lo que un hombre pudiera
soñar; fama, fortuna, juventud, carisma,
belleza.
Elizabeth Green es una periodista y su vida no ha
sido fácil. Pero se empeña en doblarle la
mano al destino y no dudará en hacer todo lo posible por lograr sus sueños.
Al cruzarse
inadecuadamente ambos mundos sus
vidas darán un giro radical
comenzando de esta forma una relación de odio y amor.
Pero del odio al amor hay solo un paso. ¿Cuál de
los dos lo dará primero?"
3
Estoy de un humor de los mil demonios, el
tránsito de esta ciudad me
revienta.
Pero no sólo
es el tránsito, me molesta Vallantines,
me molesta la revista, me molesta que mi madre este lejos, pero por
sobre todas las cosas me revienta Thomas
Brown.
Me molesta
tener que investigar su biografía y sus
gustos, su infancia, su familia, sus novias, sus películas... ¿A quién rayos le
importa? No ha hecho aporte alguno a la humanidad, ni ha
descubierto la cura para alguna enfermedad.
No, es un narcisista que
seguramente sólo le importa su ego, el solárium, la ropa de
diseñador, el peluquero y todas esas idioteces superfluas que abundan en esta
jodida industria.
¿Por qué la
vida era tan injusta
¿Porque a la
gente que nos retira la basura no les pagaban sueldos tan estrafalarios como
a la
que trabaja frente a las
cámaras?. ¿Acaso los sueldos no deberían ser directamente
proporcionales según lo indispensables que resultaran ser aquellas tareas para
el normal y seguro funcionamiento de nuestras vidas?
Siendo así,
las que cubrieran nuestras necesidades
básicas las más remuneradas?
La
entretención no era una necesidad básica, no se salvan vidas haciendo
escándalos, saliendo de un club a media
noche borracho y golpeando a un paparazzi.
¿Por qué rayos
yo estaba involucrada en este mundo podrido?
Aprieto el
volante, estoy tan molesta que podría
gritar.
De pronto, un
Mercedes se cruza en mi carril y freno
de golpe con mi mano adherida a la bocina.
-Hey!!!...
Idiota-le grito.
No quisiera
pensar siquiera lo que podría pasar si yo
llegase a golpear un automóvil
como ese, tendría que vender mi
alma al diablo para pagar el seguro y
aun así, no creo que alcanzaría a cubrir todos los gastos.
El Mercedes
frena de golpe y se baja un hombre alto vestido de negro llevando
lentes oscuros y por un momento pienso en Men In Black.
Se
acerca. Tiene el cabello un tanto largo
recogido en una tirante coleta, de
pronto se me sube el estomago a la garganta, el hombre camina hacia mí, es
grande, fornido... muy grande en realidad.
Me lleno de
valor, me indigna que la gente que maneja grandes, modernos y hermosos autos no
respete a cacharritos como el mío.
Mi mano vuelve
a caer sobre la bocina, si piensa que me intimidará el asquerosamente
lujoso auto, está muy equivocado.
-Algún
problema señorita-, me dice el conductor con
aspecto de ser agente de la CIA o algo así.
-No lo sé,
dígamelo usted. -le respondo sarcástica-
Se ha metido a mi carril sin señalizar y además no me deja avanzar.
-Mis
disculpas-me responde solícito.
Entonces no me
cuadra su tono amable con su peligroso aspecto y caigo en cuenta de que este hombre sólo debe ser el chofer de tan
imponente automóvil.
-Mira, lo
siento,-le digo calmando mi mal genio- llego tarde y supongo que tú solamente
debes estar haciendo tu trabajo, pero por favor, dile al...” IDIOTA DE TU JEFE
” -Grito sacando la cabeza fuera de la ventanilla y mirando hacia el lujoso
automóvil que está estacionado delante de mi -que tenga más cuidado, yo
también tengo cosas que hacer, pero no
por eso voy arrollando a la gente.
¿Podrías hacer
eso por mí?
-Si usted
insiste- Me dice tratando de ocultar una
radiante sonrisa. Se saca los anteojos de sol para mirarme y veo que tiene unos hermosos ojos color marrón
avellana.
-Gracias-respondo con la boca repentinamente seca.
¿Porque esta
maldita ciudad está plagada de hombres
hermosos?, para donde mire hay bellos
hombres que podrían ser modelos de pasarela... hasta los
choferes!!
Unos segundos
después estoy libre para marcharme... y
como ya es costumbre para mi, voy
tarde.
Para rematar
mi suerte de perros, mi teléfono celular suena, es Josephine.
¡Santa
mier....! Con todo el ajetreo y la
molestia de Vallantines olvide mencionar
que llevaría una “Ayudante” Ahora ella no podrá entrar, ¿Qué le diré a Josephine?
No
puedo... ¿Qué hago? ¡Mierda!, yo y mi gran bocota.
Aprovecho una
luz roja y le envío un mensaje con la dirección. Ya me las arreglaré para que todo resulte. Tal vez si hablara con
André Lyon, el represéntate de Brown y le explicara, tal vez él
entendería. Le diría que ella es mi
ayudante, que la necesito.
Me arriesgo,
¿qué tan malo podría ser? Me
pregunto a mi misma y mi subconsciente
hace una mueca burlona, sé muy bien lo que quiere decir, con mi mala suerte todo podría salir mal.
La luz roja se
hace eterna y el cansancio me llega de golpe... Olvidé comprar café y ahora
siento que me hormiguea todo el cuerpo.
Sacudo la cabeza y me doy unos golpecitos en el rostro. Veo por el rabillo del ojo que el conductor
que está a mi derecha se me queda viendo
pero lo ignoro, estoy llegando al barrio acomodado de la ciudad y prefiero prestar atención a las lujosas
mansiones que comienzan a aparecer.
Imponentes, esa sería la palabra
adecuada. Algunas están ocultas tras
altas rejas o cercadas por frondosa vegetación pero adivino lo espectaculares que deben ser... Ufff... ¿Qué hace esta gente con mansiones de
ese tamaño? Es como si una hormiga
tuviera todo el hormiguero para ella
sola. Mi indignación se incrementa.
¿Cuánta gente vive en casas de cartón?
¿O cuanta gente no cuenta con los
servicios básicos?
Tengo que
calmarme pero no puedo y por un desquiciado momento imagino que Thomas Brown es
el responsable de toda la desigualdad del mundo. Sí, ya dije que era desquiciado, pero no he dormido nada y estoy tremendamente
estresada. Tengo que calmarme, no
lograre una jodida nota si llego ladrándole a Brown y compañía.
Inhalo, exhalo
Inhalo, exhalo
Inhalo, ex...
Suena mi
celular y el mensaje de texto de Josephine me dice que llegará con algo de
retraso, me pide que le espere.
¿Qué le
espere? ¿Está loca?
“Sí, señor
Brown. Mi amiga, que dicho sea de paso esta... algo así como obsesionada por
usted, me ha pedido que no comience sin
ella. ¿Podríamos esperar hasta que
llegue?”
Jodido problema...
Minutos
después me detengo frente al gran portón.
El lugar está prácticamente rodeado de guardias, todos muy serios, casi
mal humorados, con los ojos clavados en
mi.
Diez minutos
les toma comprobar que no soy una fanática sicótica, si no que, soy Elizabeth
Green, periodista acreditada de la respetada revista de espectáculos “L.A RedCarpet”, y creo que lo único que no me han pedido ha sido mi carnet de vacunas
de la infancia. Mi automóvil tampoco se
ha salvado de las inspecciones, tal vez su aspecto, completamente fuera de
lugar, les ha dado la impresión de que era candidato a ser coche bomba.
Trato de
mantenerme calmada, la gente se está
tomando muy en serio esto de la seguridad y no me conviene hacer un escándalo o
ponerme quisquillosa antes de
siquiera entrar al lugar, no me
convendría estar en la lista negra de personas no gratas.
Me trago mi
orgullo y hago lo que me piden... no sin antes maldecir a Thomas Brown.
Por fin, me
dejan seguir y mi viejo coche asciende escandalosa y lentamente la empinada
colina.
Vamos, no me
falles ahora... le pido casi cariñosamente
y milagrosamente no lo hace, no hasta llegar hasta la cima. Cuando por fin lo hago, el
motor ruge estruendosamente
mientras humo blanco sale por todos lados,
hasta que de pronto todo queda en silencio.
Ho... Por...
Dios!! ¿No podía ser esto más
inoportuno?
El humo entra por la ventana, me lloran los ojos y me quema la garganta. Me bajo dando un portazo, tosiendo
escandalosamente y cuando soy consciente de lo que sucede a mi
alrededor veo que gran parte del
contingente de seguridad está rodeando
mi carro a una distancia prudente
con las armas desenfundadas.
Instintivamente
alzo las manos, los accesos de tos evitando que
diga cualquier cosa.
-To...-intento
decir.
-Todo.. Ahgg... ¡Maldito humo!
-Todo está..
está bien. El coche, mi
coche-. Logro decir.
Todos se
relajan, hablan por los intercomunicadores
sujetos tras sus orejas, guardan sus
armas. Algunos me mira
lastimosamente, otros con ira y yo quiero que se abra la tierra y me trague.
“Tú y tus entradas espectaculares” me reprende mi
subconsciente.